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Siempre habrá consecuencias de nuestras palabras, por eso para Aristóteles el sabio no dice todo lo que piensa, pero siempre piensa todo lo que dice.

 

Según Aristóteles, el alma humana se compone de una parte volitiva, el ethos o carácter, y de una parte cognitiva, la diánoia o razón. La perfección del carácter proviene de la práctica o el hábito de decidir lo mejor en cada caso, pero el conocimiento de qué es lo mejor proviene de la razón.  Para Aristóteles, nuestra razón debiera dirigir nuestro carácter, habiendo virtud en el buen uso de la razón en cada saber (saberes prácticos, productivos y contemplativos).

 

Dentro de los saberes prácticos, que comprenden la ética y la política, la virtud por excelencia es la phrónesis, también llamada prudencia o sensatez. En la Ética a Nicómaco, Aristóteles expone la virtud de la prudencia: “En efecto, parece propio del hombre prudente el ser capaz de deliberar rectamente sobre lo que es bueno y conveniente para sí mismo, no en un sentido parcial, sino para vivir bien en general. Una señal de ello es el hecho de que, en un dominio particular, llamamos prudentes a los que, para alcanzar algún bien, razonan adecuadamente, incluso en materias en las que no hay arte”.

 

En el ámbito de la política, la prudencia debiera regir el buen criterio del hombre, no sólo para saber qué es lo bueno para sí mismo y para la colectividad, sino para que su comportamiento sea ético. Como consecuencia, el hábito continuo de practicar la prudencia encaminaría al hombre a tomar decisiones buenas, evitando consecuencias malas, no sólo para él, sino para los demás.

 

Esto sólo se logra con la experiencia, ya que la virtud no la da el conocimiento. Para Aristóteles, la prudencia no es una ciencia, ya que no trata de lo universal, sino que su aplicación es a lo particular, a cada uno de los momentos que el hombre enfrenta. La prudencia no es el resultado de abstracciones científicas, que sin mayor esfuerzo pueden ser comprendidas por jóvenes inteligentes, sino que es resultado de la larga experiencia que acompaña la vida del adulto.  Cuando se define la prudencia, se destaca como una cualidad de quienes muestran madurez y buen juicio en sus actos y decisiones.

 

Reflexionando sobre la situación que confronta posiciones en el país, a mi parecer es el resultado de una falta de prudencia y sensatez, de saber decidir no sólo sobre lo que es bueno, sino sobre lo que es bueno para todos, de saber que automáticamente mi opinión no se convierte en verdad.

 

La insensatez lleva a que quienes ostentan el poder desliguen de sus equipos a los tan escasos buenos funcionarios con los que cuenta el país; a que, a pesar de contar con el apoyo de gobiernos y capitales, en lugar de generar seguridad y confianza, se genere miedo en la población. De qué sirve contar con el favor del cincuenta por ciento de la población, si el resultado es el odio contra la otra mitad.

 

Hoy pareciera que la lucha entre los extremos del espectro ideológico arrastra la opinión hacia aislamientos sociales, donde en lugar de lograr un avance en armonía, obtenemos un retroceso por contraposición. Es tan grande este aislamiento, que el egocentrismo se llega a confundir con la magnanimidad.

 

Ojalá una dosis de sensatez les permitiera a los hombres dejar de lado sus diferencias o los lleve a hacerse a un lado para no entorpecer el desarrollo de millones de guatemaltecos.  Ojalá se tomaran más en serio las palabras de William Shakespeare, “el hombre cauto jamás deplora el mal presente; emplea el presente en prevenir las aflicciones futuras”.

 

 

 Jorge Benavides

Director Ejecutivo – Consejo Privado de Competitividad

Twitter: @JBENAVIDES9


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